sábado, 4 de junio de 2011
Mareos constantes.
Sientes eso que ocurre después de montarte en una barraca que da unos giros funambulísticos, después de mil vueltas en la gallinita ciega, meterse algo, fumar, beber, darte un golpe en la cabeza... Como si fueras esas burbujas que son agitadas con el champán el 31 de diciembre, ese bote de ketchup a punto de terminar, ese batido de chocolate que nunca se termina de mezclar. Como si tubieras fobia a las alturas y estuvieses en el piso 250 de una torre en medio de la ciudad, como si te levantases rapido después de dormir, como un olor muy fuerte a colonia, que se te revuelva el estómago, como montar en un barco. Como todo eso, como otras muchas cosas más... Todo esto produce una sensación agoviante, de perdida de equilibrio, desagradable. Sensación que quiero lejos. Mareos, continuos y repetidos. Por esto y por aquello. Hoy de uno y mañana de otro. Los cuales producen... cansancio. Detesto sentirme así, detesto tener todo el día una sensación tan amarga dentro de mí. Dicen que cada uno ve lo que le interesa y yo ya no se ni lo que me interesa porque no se ni lo que veo. Hoy veo que todo está en blanco y negro, mañana apareces y todo se vuelve de color. Me tiro media vida pensando por qué hice lo que hice y la otra mitad que es lo que ocurrirá con mis amigos, mis familiares, conmigo.... contigo. Y ya basta de pensar, voy a fijarme en el presente. El tiempo corre. Fiu. Y se marcha, y yo no voy a perderlo, tengo amigas por las que vale la pena vivirlo así, feliz. Porque ya, no me queda mucho más que decir. Que te quede claro: voy a aprobecharlo, contigo o sin tí.
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